Tumbas de la gloria

Mercedes Halfon


Fachadas como rostros, paisajes solitarios, monumentos, algunos solemnes, otros extraños: durante años, Santiago Porter ha construido un cuerpo de obra al que llama Bruma, aunque hay poco no definido en sus fotos, contundentes y con el carácter de la cámara de gran formato. Hoy todo ese trabajo puede verse en un libro y una muestra que propone un abordaje singular del conjunto: una selección de las fotografías junto con cuadernos, bocetos y pinturas que el artista ha creado en su investigación. Libro y muestra como resultado de los recorridos de su cámara grandiosa y su mirar atento a las paradojas argentinas.

 

Desde hace más de una década Santiago Porter viene construyendo una obra que ha titulado Bruma. Ese sustantivo, que haría pensar en pinturas de Turner o de Monet, tiene un significado distinto para él y es hasta paradójico cuando miramos sus imágenes. Densas y contundentes, en las que nada está poco definido. Sus fotografías tienen algo de monumentales, por su técnica, por el tamaño en que generalmente se exhiben pero también y sobre todo por aquello que muestran. Hay una política en la mirada de Porter y lo que elige fotografiar. Cada una de estas imágenes ha sido recogidas a lo largo de los años, en un recorrido por el país más parecido al del arqueólogo que al del aventurero que se lanza a recoger destellos de un paisaje social. No hay  nada de flaneur en las fotos de Porter, por más que no haya en ellas nada parecido a una puesta en escena, y que todo lo que aparece está o estuvo así, exactamente así, en un lugar, casi esperando que alguien lo reconozca y lo capture.

Bruma comenzó en 2005 con la serie Edificios. Fotos frontales de fachadas de departamentos públicos tomadas con la parsimonia y la altísima calidad de la cámara de formato grande. El Poder Judicial de la Nación, el Policlínico Bancario, el Ministerio de Economía. ¿Qué muestran sus imponentes entradas de la idea con la que fueron concebidas, y lo que significan ahora, luego de la historia transcurrida? Pensar esas fachadas como rostros y fotografiarlos con la técnica del retrato. Casi desde el imaginario de las fotos antiguas: con el aparatejo voluminoso de la cámara de gran formato, con su fuelle y tela negra, se toma solo una placa. Esas fachadas habían sido pensadas como parte del mensaje de un Estado. Pero igual que los próceres en los billetes, luego del desgaste del uso y el cambio de valor relativo, su significado muta hasta volverse a veces, casi ridículo. Registrar esos cambios en el estado del Estado y su modo visible en el tiempo, es lo que Santiago Porter empezó hacer. Y siguió todos estos años.

Hoy todo ese trabajo puede verse junto en un libro de gran formato y una singular muestra llamados Bruma que propone un abordaje singular del conjunto: una selección de las fotografías junto con cuadernos, bocetos y pinturas que el artista ha creado en su investigación. Libro y muestra no son otra cosa que el resultado de los recorridos de su cámara grandiosa y su mirar atento a las paradojas de nuestra República.

 

Esa foto de esa mujer

 

La posibilidad de fotografiar la relación entre cómo las cosas se ven y lo que les ha pasado no estaba presente solo en los edificios públicos. Ese poder evocativo se manifestaba en otros lugares más pequeños y ocultos, huellas y vestigios o simplemente emplazamientos donde la mirada del fotógrafo podía recortar ese paso del tiempo y las decisiones de un Estado. Así es como a esta serie Edificios se le sumaron dos capítulos: Monumentos y Paisajes. 

Las imágenes de Porter fueron tomadas con premeditación y alevosía. Es una tarea que tiene mucho de investigación histórica, de trabajo de campo y de pensamiento crítico. Una vez que se fija con cierta cosa, cierto lugar, cierto monumento que le interesa para su corpus, se inicia su proceso de trabajo que incluye investigación histórica, visitas al lugar, bocetos, notas y pinturas. A esto se suma en algunos casos la gestión para lograr acercarse a la imagen, no siempre tan accesible. Y en ocasiones todo lo ocurrido agrega algunas capas al anecdotario del objeto. 

Porter perseguía una hipótesis. En las apariencia de los objetos hay algo que emana que tiene que ver con su historia, con las cosas que le pasaron hasta llegar al presente donde también se cifra un significado puntual. Una superposición sutil de tiempos y hechos, que flota a su alrededor, ingrávida como la bruma. 

Un ejemplo es la foto de la Evita decapitada, una de las imágenes más célebres de Porter, ganadora del Premio Petrobras en Buenos Aires Photo 2008 entre otros galardones. El “modelo” es la escultura que muestra a una Evita sin cabeza sosteniendo entre sus manos La razón de mi vida. Fue encargada por J. D. Perón al escultor italiano Leone Tommasi, pero antes de que fuera terminada, un grupo de tareas de la Revolución del 55 irrumpió en el taller del artista, y con picos y mazas le voló la cabeza. El monumento fue tirado al río. En los años 90 se halló durante unos trabajos de saneamiento y decidió ubicarse en la quinta de San Vicente que había pertenecido a Perón. Años más tarde Porter se anotició del derrotero final de esa escultura viendo un noticiero que mostraba los disturbios ocurridos en la mencionada quinta, cuando en 2008 se trasladaron los restos del dirigente, para emplazar allí su mausoleo. De inmediato inició las tratativas para fotografiarla. Pero precisamente por todos los hechos de violencia ocurridos a su alrededor, no fue fácil conseguirlo. Insistencia mediante, una madrugada otoñal, mientras la bruma típica de la zona se disipaba exactamente según sus cálculos, Porter estuvo con su cámara para hacer la fotografía que luego, recorrió el mundo.  

 Otra imagen significativa de este segundo período es la que muestra una estructura de hormigón sobre el que se ven las marcas de una placa que alguna vez estuvo y fue retirada, bajo la cuales reza la frase del himno O juremos con gloria morir. ¿Qué es esa cosa que se ha escamoteado, frente a la que honrados perderíamos la vida? El monumento en cuestión estaba emplazado en Comodoro Rivadavia y Libertador, una esquina de la Escuela de Mecánica de la Armada. Era bien conocido por Porter que de chico jugaba al básquet muy cerca de ahí. En las placas ausentes figuraba la lista de nombres de los muertos en Malvinas que provenían de la ESMA. Pero es bien sabida la historia reciente del predio: cuando fue expropiado, las fuerzas en retirada se llevaron muchas cosas de valor simbólico y económico. Entre ellas, estas placas de bronce. Porter cuenta que llegó a hacer la foto justo después de ese vaciamiento. Y antes de que pusieran otro cartel encima, otra clase de conmemoración que simplificaba toda la cuestión. Aquí, en esta foto, las capas del tiempo y del sentido se muestran de manera literal: las muertes que querían ser recordadas, las que iban a ser olvidadas, el robo, la ausencia, lo que no puede ser borrado, por más que se intente, los usos que puede tener una pared de hormigón.  

Las dos secuencias despiertan una incógnita. ¿Qué podría saberse de esas historias, tan solo viendo las fotografías? En todos los casos, Porter las muestra limpias, sin notas aclaratorias, ni títulos explicativos. ¿Es posible percibir todo el entramado político, el devenir histórico en las imágenes? La respuesta probablemente sea negativa, sin embargo partes de esa historia se perciben y el alcance de la imagen es mayor. La foto, con toda su densidad formal y evocativa, sostiene un enigma para el espectador. Una torre de vigilancia para una cárcel que no existe. Un edificio de nueve pisos abandonado en el medio del campo. Un monumento que es un tanque y a la vez una imagen de la virgen de Luján. Una pared cosida a balazos y señalada con pequeños paréntesis de aerosol rojo. Hay algo entre el impacto y la duda que quedan flotando en el que mira. Un efecto sostenido de inquietud, perplejidad, sonrisa leve, melancolía, escozor.

 

Las huellas en la tierra

 

Todo esto que puede decirse sobre las fotografías, de algún modo, son también predicados sobre nuestro país. Así lo entiende Porter, que considera algunas de las cosas que captura prácticamente como ready-made: “Somos un país que construye sus propias ruinas. Pero no como Grecia, que tiene huellas majestuosas de un pasado mítico y dorado. Nosotros hacemos ruinas directamente. Como si tuviéramos nuestro departamento de construcción de monumentos obsoletos.”

El ultimo capítulo de la serie Bruma va del mapa al territorio. Avanza hacia las profundidades geográficas y se encuentra con otras huellas del tiempo. Lugares modificados por decisiones políticas o por el propio peso de la historia. Un campo quemado en Tucumán donde se inició el llamado Operativo Independencia en el gobierno de Isabel Perón. Un bosque de lenga en Tierra del Fuego, completamente destruido por la plaga de los castores. Un basural a cielo abierto en Río Grande. Como el poema Joaquín Gianuzzi Basuras al amanecer, en el que el poeta queda estupefacto frente a lo que hay en el fondo de un tacho que revuelve con un palo: “Comprobé que las cosas no mueren, sino que son asesinadas”.

Si las fotografías son siempre huellas, testimonios de que algo estuvo o efectivamente ocurrió, en todas estas imágenes Santiago Porter no hace más que poner a temblar esa definición que parece incuestionable. Porque ¿qué pasa si ese testimonio lo es de algo que fue borrado, modificado, adulterado o destruido? ¿Qué pasa si el referente no es tan claro, sino que es una acumulación inexacta de historia, capricho, violencia y desidia? 

Del primer al último capítulo de esta serie, la bruma ha crecido. Ya no se dice Ministerio de, no hay una figura reconocible como Evita. Nos encontramos con campos humeantes o plásticos deshechos y enrulados como espuma. El palimpsesto se vuelve abstracto y nos llega como una llovizna.